jueves, 10 de mayo de 2012

La alarma

     Salí al exterior en aquella jornada de la temporada fría. El cielo, cubierto, amenazaba tormenta. Me recogió el transporte y me dirigí a mi puesto. Aún sentía su aliento sobre mi rostro. Los  alimentos ingeridos horas antes se reproducían en mi mente en una extraña y excitante combinación de vapores. Desperté embriagado de ese aroma y ahora me lo llevaba conmigo. Cuando vuelva, pensé, espero encontrarlo de nuevo.

     El rostro de mi compañero, inevitablemente, apareció ante mí.

- Tenemos la máquina en posición de espera...
- De acuerdo, tramito el código.
    
     Busqué entre mis ropas un pedazo de alimento y me lo llevé a la boca. Mastiqué mientras introducía maquinalmente la serie de dígitos establecida. El proceso se restableció de inmediato y el espacio se llenó de vibraciones y ruidos. En el exterior ya repiqueteaba la lluvia sobre el suelo.
     Recogí mi paquete y realicé, en otro vehículo, el trayecto de regreso. Tras de mí el aviso ululaba aguda y poderosamente, ocultando los ruidos del proceso y enmudeciendo el sonido de la lluvia. Ya en el interior, dejé caer el bulto al suelo mientras comprobaba apensumbrado la ausencia de vida a mi alrededor. Me tumbé pesadamente mientras recordaba que mis porciones alimenticias seguían empaquetadas sobre el suelo.
     Desperté sobresaltado, empapado en sudor y con un fuerte dolor en el vientre. Aún no me había repuesto de la última punzada, cuando entreví, a escasa distancia del paquete de provisiones, una sombra informe de considerables dimensiones. Precavido y emocionado me acerqué lo suficiente para percatarme de que se trataba de un cuerpo desnudo.  Era él con un gran corte en el cuello. Dejando tras de mí huellas ensangrentadas, avisé para dar noticia del hallazgo.
     Estaba defecando cuando irrumpieron los de la brigada. Eran cuatro personas y una de ellas, al verme, se adelantó hacia mí.

- Una vez terminé mi jornada vine a descansar un poco y al despertar descubrí el cuerpo, acerté a decir antes de esperar a ser interrogado.
- ¿Está todo tal y como lo dejó?
- Sí, incluso el paquete de porciones alimentarias sigue en el mismo sitio donde lo dejé caer...
- De acuerdo, lo mantendremos informado.

     Mientras atendía a mi interlocutor, no me percaté que dos de los individuos de la brigada se habían acercado al cadáver y que lo estaban observando.

     - Tiene seccionada la yugular, comentó uno de ellos.
     - ¿Nos lo llevamos?, preguntó el otro sin dirigirse a nadie en concreto.

     Sin más, el primero hizo ademán de asir el cuerpo por las axilas, a lo que el otro reaccionó cogiéndolo por los pies. Sacaron el cuerpo al exterior y lo cargaron en el transporte. Acto seguido se marcharon.
     Terminé con mi dolor de vientre y me dirigí al paquete para ingerir una porción de líquidos que calmara mi reseca garganta. Observé de nuevo, casi como si fuera la primera vez, la mancha oscura sobre el piso y me perdí en la contemplación de mis huellas. Recuperado mi equilibrio físico, acabé de vaciar la caja de provisiones y me senté a meditar sobre lo sucedido.
     En plena jornada –justo cuando estaba introduciendo lo dígitos- me asaltó la imagen del cuerpo sin vida, inerte. Consideré extraño el no haber caído en la cuenta de su presencia al entrar. En estas cavilaciones andaba cuando la alarma me confirmó el éxito de mis operaciones.
     Una vez de regreso y animado por la idea de descansar un poco, me sobresalté al comprobar que el cadáver estaba, de nuevo, en el interior. Tardé en reaccionar hasta que decidí dar parte del suceso. Esta vez la comunicación fue más prolongada:

     - Efectivamente, no hemos encontrado referencias del finado y lo hemos dejado donde lo encontramos.
     - Bien... pero... ¿Qué hago yo con esto?, pregunté acomplejado.
   - Debe mantenerlo en el mismo lugar donde está, pues es probable que vuelvan las brigadas para hacer más comprobaciones, me contestó mecánicamente.
    
     No tenía experiencia en casos similares, así que opté por no tocar nada. Esta vez el descanso fue menos reparador, por lo que decidí ingerir una ración doble de líquidos. De nuevo en mi turno, me atreví a comentarle a mi compañero lo sucedido.

- Tenemos la máquina en posición de espera...
- Esto... ¿te puedo hacer una pregunta?
- Sí... dime ¿qué quieres?
- Tengo un cadáver y no sé qué hacer con él..., le respondí tímidamente.
- ¿Diste aviso?, preguntó con decisión.
- Sí, fue lo primero que hice. El caso es que se lo llevaron y, al no encontrar referencias, me lo han traído de vuelta.
- Envuélvelo con lo que puedas y procura no tocarlo mucho, es posible que vuelvan para seguir indagando.
- Eso dijeron... ¿Envolverlo?
- Piensa que un muerto huele muy mal al descomponerse. Si no lo haces no podrás entrar a descansar. Tú verás.

     Salí al exterior en aquella jornada de la temporada fría. El cielo, cubierto, amenazaba tormenta.

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