viernes, 25 de mayo de 2012

La puta

“Uy papito, por veinte euros una chupadita y poco más…”

-      Otra vez la misma pesadilla; la puta y sus tarifas de puta.

Ventura era un maniático depresivo que vivía solo en un piso céntrico de Madrid. Sus jornadas, repetitivas hasta la saciedad, consistían en contabilizar facturas para después archivarlas.

-      Esta factura… descuadra en el IVA…

Esperaba los viernes con cierto desasosiego, pues se le abría ante sí el abismo de un fin de semana de televisión hueca y noches solitarias.
Desde que sus padres fallecieron pocas iniciativas había tomado para darle sentido a su vida. Una vez pensó en pintar las paredes con colores pastel, pero en seguida lo desestimó por ser demasiado caro. Era un lujo vivir en aquel piso que heredó de sus progenitores; con sus altos techos, largos pasillos y nobles puertas. Pero también era una desventaja para un hombre sólo y con pocos recursos: cualquier cambio podía representar, fácilmente, unos miles de euros.

Aquella noche se acostó pronto; estaba cansado de tanta factura y no tenía nada en la nevera que fuese comestible.

-      Espero que no aparezca la guarra de la puta otra vez por mis sueños.

Apagó la luz y adoptó la posición de decúbito supino que le ayudaba a conciliar el sueño pero que, a la larga, le producía hormigueo en las manos.

-      Hola, papito… ¿Cómo está mi cariñito esta noche?
-      Pues ando mal… acabo de calentarme con una máquina tragaperras y me he quedado sin blanca.
-      Uy papito, que la cosa no está para hacer regalos…
-      No, no… si no quiero nada… Era por hablar un rato… ¿Cómo te llamas?
-      Uy, papito, que contigo aquí se me espantan los clientes… Para ti seré Jenny, papito.
-      Esto… es verdad… Creo que me iré a casa. Es tarde.
-      Deja, papito, que te alivio y ya me lo pagarás otro día.

Por la mañana decidió no presentarse en el trabajo. Estaba tan cansado como antes de acostarse y no se sentía con ánimo de emprender una nueva jornada. Se calzó sus zapatillas de piel marrón y se preparó un café largo. Entre los vapores que se desprendían de la taza, rememoró el sueño reciente y decidió masturbarse. Lo hizo ante el espejo, como era su costumbre desde la pubertad. Limpió el semen desparramado por el lavabo y se lavó las manos.
Después apuntó cuidadosamente en su cuaderno de conquistas: “Jenny, 22 años, 24 de febrero de 2009”.