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Otra vez la misma
pesadilla; la puta y sus tarifas de puta.
Ventura era un maniático depresivo que vivía solo en
un piso céntrico de Madrid. Sus jornadas, repetitivas hasta la saciedad, consistían
en contabilizar facturas para después archivarlas.
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Esta factura…
descuadra en el IVA…
Esperaba los viernes con cierto desasosiego, pues se
le abría ante sí el abismo de un fin de semana de televisión hueca y noches
solitarias.
Desde que sus padres fallecieron pocas iniciativas
había tomado para darle sentido a su vida. Una vez pensó en pintar las paredes
con colores pastel, pero en seguida lo desestimó por ser demasiado caro. Era un
lujo vivir en aquel piso que heredó de sus progenitores; con sus altos techos,
largos pasillos y nobles puertas. Pero también era una desventaja para un
hombre sólo y con pocos recursos: cualquier cambio podía representar,
fácilmente, unos miles de euros.
Aquella noche se acostó pronto; estaba cansado de
tanta factura y no tenía nada en la nevera que fuese comestible.
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Espero que no
aparezca la guarra de la puta otra vez por mis sueños.
Apagó la luz y adoptó la posición de decúbito supino
que le ayudaba a conciliar el sueño pero que, a la larga, le producía hormigueo
en las manos.
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Hola, papito…
¿Cómo está mi cariñito esta noche?
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Pues ando mal…
acabo de calentarme con una máquina tragaperras y me he quedado sin blanca.
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Uy papito, que la
cosa no está para hacer regalos…
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No, no… si no
quiero nada… Era por hablar un rato… ¿Cómo te llamas?
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Uy, papito, que
contigo aquí se me espantan los clientes… Para ti seré Jenny, papito.
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Esto… es verdad…
Creo que me iré a casa. Es tarde.
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Deja, papito, que
te alivio y ya me lo pagarás otro día.
Por la mañana decidió no presentarse en el trabajo.
Estaba tan cansado como antes de acostarse y no se sentía con ánimo de
emprender una nueva jornada. Se calzó sus zapatillas de piel marrón y se
preparó un café largo. Entre los vapores que se desprendían de la taza,
rememoró el sueño reciente y decidió masturbarse. Lo hizo ante el espejo, como
era su costumbre desde la pubertad. Limpió el semen desparramado por el lavabo
y se lavó las manos.
Después apuntó cuidadosamente en su cuaderno de
conquistas: “Jenny, 22 años, 24 de febrero de 2009”.