Hace veinte años que se fueron mi marido y mi hijo, al dejarse la vida
en una carretera. Yo sigo como si tal cosa, como si estuvieran en casa y
necesitaran de mis cuidados. Ya no les lavo la ropa y les preparo la comida,
claro está, pero mantengo la limpieza en la habitación de mi hijo y cambio las
sábanas de su cama regularmente. También, de vez en cuando, limpio la gafas de
ver de cerca de mi marido, que antes de irse dejó olvidadas sobre su mesita de
noche.
La vecina de arriba, a veces, me distrae de mis quehaceres y baja a
charlar un rato. Comentamos las noticias de la radio, criticamos a los famosos
o hablamos de plantas. Nos apasionan las plantas. Tengo una, que me regaló mi
marido que en paz descanse, que es la envidia de la vecindad. Desde que me la
trajo a casa, hace veinte años, que sigue igual de lozana. No se le caen las
hojas ni amarillean; son recias y brillantes y por poco que las limpio con un
paño, resplandecen durante días. Cada mañana le echo una miaja de agua y con
eso, sólo con eso, se conserva perfectamente.
A menudo lo comento con la vecina que, entre envidiosa y admirada, me
dice que sí, que es posible que el alma de mi marido y mi hijo o, como digo yo,
de mi familia, viven en ella y por eso se mantiene impertérrita ante el paso
del tiempo. Pues el alma, como es bien sabido, es inmortal. Le recuerdo a menudo
que, si algún día falto, se la lleve con ella y se encargue de regarla a
diario: con una miaja de agua es más que suficiente y pásale un paño de algodón
un poco humedecido y verás como brilla, le explico.
- ¿Ya estás de vuelta? Pensé que estabas en el súper…
- No, bajé a tomar un café con la vecina. Si quieres, vamos ahora y
compramos cuatro cosas que necesito.
- Vale, me cambio en un momento. Y dime ¿cómo está la vecina?
- Pues ya sabes, como siempre: con sus manías y con su planta de
plástico.