miércoles, 25 de abril de 2012

La planta

     Hace veinte años que sigo la misma rutina: me levanto, me lavo la cara y tomo un café solo con una galleta mientras escucho las noticias de la radio. Me cambio el pijama por la ropa de estar por casa e inicio mis tareas del hogar: riego las plantas, recojo la cocina, lavo o plancho ropa… Así desde hace veinte años.
     Hace veinte años que se fueron mi marido y mi hijo, al dejarse la vida en una carretera. Yo sigo como si tal cosa, como si estuvieran en casa y necesitaran de mis cuidados. Ya no les lavo la ropa y les preparo la comida, claro está, pero mantengo la limpieza en la habitación de mi hijo y cambio las sábanas de su cama regularmente. También, de vez en cuando, limpio la gafas de ver de cerca de mi marido, que antes de irse dejó olvidadas sobre su mesita de noche.
     La vecina de arriba, a veces, me distrae de mis quehaceres y baja a charlar un rato. Comentamos las noticias de la radio, criticamos a los famosos o hablamos de plantas. Nos apasionan las plantas. Tengo una, que me regaló mi marido que en paz descanse, que es la envidia de la vecindad. Desde que me la trajo a casa, hace veinte años, que sigue igual de lozana. No se le caen las hojas ni amarillean; son recias y brillantes y por poco que las limpio con un paño, resplandecen durante días. Cada mañana le echo una miaja de agua y con eso, sólo con eso, se conserva perfectamente.
     A menudo lo comento con la vecina que, entre envidiosa y admirada, me dice que sí, que es posible que el alma de mi marido y mi hijo o, como digo yo, de mi familia, viven en ella y por eso se mantiene impertérrita ante el paso del tiempo. Pues el alma, como es bien sabido, es inmortal. Le recuerdo a menudo que, si algún día falto, se la lleve con ella y se encargue de regarla a diario: con una miaja de agua es más que suficiente y pásale un paño de algodón un poco humedecido y verás como brilla, le explico.

- ¿Ya estás de vuelta? Pensé que estabas en el súper…
- No, bajé a tomar un café con la vecina. Si quieres, vamos ahora y compramos cuatro cosas que necesito.
- Vale, me cambio en un momento. Y dime ¿cómo está la vecina?
- Pues ya sabes, como siempre: con sus manías y con su planta de plástico.

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