La idea es clara. A veces, sin embargo, la debilidad
nos condiciona. Cuando el espíritu esta falto de referencias donde sustentarse,
cuando la necesidad de anclar en algo firme la levedad de la que estamos hechos
se impone; es entonces cuando aún fuentes ajenas, incluso prohibidas, parecen
aliviar nuestra sed más primitiva. Los códigos de conducta que sustentan
nuestra vida social, aparentemente razonables -precisamente razonables-, nos
ayudan a permanecer. Nos aíslan con la sensación de conservar el sentido del
honor de nuestros ancestros, a la vez que aplicamos los más actuales mecanismos
de la ética. Es necesario. Tal vez lo necesario sea permanecer, sobrevivir,
colaborar en “construir un mundo mejor para nuestros hijos”; para que puedan
existir lo más cómodamente posible sin tener que preguntarse por qué.
Por eso, así, sedientos, vagarán -los menos- en busca de
pozos que nunca existieron. El resto, posiblemente, ignorarán que su inquietud
extraña no es más que... sed.