Debo reconocer que estuve enamorado de ella, por no
decir que lo sigo estando. Es una de aquellas amistades que se conservan a lo
largo del tiempo sin requerir de grandes esfuerzos: con felicitarse por los
cumpleaños y por Navidades suele haber suficiente. Tampoco sería el caso, pues
a mí me da poco por acordarme de esas cosas y no me veo grabando avisos
electrónicos en mi teléfono móvil o en mi ordenador.
También debo reconocer, ya puestos, que soy poco
dado a llamar de forma espontánea y alegre, pues en el caso de tener la
inspiración necesaria, me lo pienso tanto que pierdo la oportunidad de hacerlo.
Decía el poeta “entre el corazón y mis asuntos” y de
ese modo me iba acordando regularmente de mi amiga de la adolescencia. Intuía
que hacía mucho tiempo que no sabía de ella, hasta que hice un esfuerzo de
memoria y me planté en una franja de silencios de entre cinco y seis meses.
Era viernes y una buena hora para llamar, así que
evitando mis acostumbrados escrúpulos para la espontaneidad y la alegría, la
llamé. Saltó el buzón de voz. Me jode particularmente el buzón de voz, pero más
me incomoda dejar una llamada perdida. Siempre me imagino al interpelado
mirando la pantallita de su teléfono y poniendo una mueca de fastidio,
presionado la opción de silencio que muchos quisieran para su vida o dejando
sonar, simplemente, una melodía de moda. Será por eso que me cuesta tanto,
pienso ahora, ser espontáneo y alegre para la comunicación telefónica.
Enzarzado en mis asuntos y de vuelta momentánea a mi
corazón, caí en la cuenta que no había sido devuelta mi llamada. Ahora sí, ahora
podía concretar con precisión el tiempo pasado desde mi ataque de espontaneidad
y alegría, gracias al registro de llamadas realizadas de mi móvil: dos semanas
y un día. Me extraña, pensé. Una chica tan atenta y políticamente correcta… Me
extraña.
Aquel día, especialmente gris y especialmente
lunes, me dio por pensar en el manido
“no somos nada”. Sin duda estaba sometido a la influencia de los medios, que
habían hecho de la muerte fortuita de un conocido presentador un asunto de
estado. A todas horas, a lo largo del fin de semana, nos habían mostrado la
pena de sus allegados, lo joven que era, lo larga que era la cola en su
velatorio. El caso es que me acordé de mi amiga y pensé, relacionando la idea y
el espíritu gris que me poseía, lo chocante que resultaba constatar que en caso
de morirse alguno de los dos, pocas serían las probabilidades de saberlo por
parte de uno u otro. Nuestra amistad era aislada, exclusivamente particular y
totalmente personalizada. Fuera de nosotros mismos no había ningún nexo de
unión con el exterior. Mi madre sabía de ella y mi hermano, pero nunca había
sido presentada y todo quedaba, desde la perspectiva de mi familia, que era una
chica que me cepillaba. Reconozco que es culpa mía, pues lejos de desmentirlo
dejaba que esa idea me ensalzara en el pedestal de los envidiados donjuanes.
Ya en casa, revisando mis correos electrónicos de
propaganda y troyanos, pensé que no sería tan difícil saber los óbitos
acontecidos en mi ciudad en los últimos años. Internet había absorbido es su
etéreo e ingrávido cuerpo todas las
realidades de nuestro mundo y nuestro tiempo. Y la muerte, desde siempre, ha
formado parte de nuestro mundo y ha interrumpido nuestro tiempo. En el buscador
escribí “necrológicas“ y aparecieron 1.720.000 resultados en 0,20 segundos.
Seleccioné la primera opción por estar esponsorizada y por parecer la más
fiable, cosa que, pensé, no tenía porque estar relacionada. El caso es que se
abrió ante mí una página –Rigor Mortis se llamaba- con un cuestionario de lo
más completo: nombre y apellidos, alias (¿alias?), fecha de nacimiento, localidad,
franja de fechas del posible fallecimiento, etc. Fácil. Introduje su nombre, apellidos,
localidad y fecha de nacimiento, pues era lo que sabía con certeza. Aspiré
profundamente y le di al “entrar” de mi teclado. Contuve el aliento y entre
arrepentido por ser pájaro de mal agüero e idiota, apareció una lista de
nombres. El primero. Era el primero de las propuestas que arrojaba el buscador
de almas. Perplejo, acongojado y nervioso, releí su nombre y apellidos como si
de un mantra se tratara. Era ella ¿Es posible? ¡Tan joven y llena de vida! Es
posible: la fecha del entierro era perfectamente plausible. Y la edad, la
misma.
Distraído en mis cábalas me sobresaltó la musiquita
que me avisa de la entrada de mensajes en mi teléfono. Lo desenfundé
distraídamente y le di al aceptar para leer la misiva siempre escueta y mal escrita
de mis contactos: “Ola kriño qanto tiempo sin saber d ti! vi tu llamada pro toy
liadisima!! ablamos?”
Enlace para la versión libre del texto (sin autorización expresa) emitida por el programa radiofónico "La Rosa de los Vientos" de Onda Cero. Para gustos, colores:
http://www.ondacero.es/audios-online/la-rosa-de-los-vientos/microrrelatos/microrrelato-mensaje_2013010600019.html
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