domingo, 8 de abril de 2012

Mejillones y arañas

     Una jornada menos de trabajo y un día menos en Mejillones. Una jornada sin novedades destacables, sin sobresaltos.
     En mi apartamento a las orillas del Pacífico no corría la brisa habitual, la que se llevaba el calor almacenado en mi pieza durante el día. Un bochorno que hacía el aire pesado y lo convertía en partícipe invisible de la decoración.
     Dos moscas y yo compartíamos el silencio hasta que encendí el televisor para ver las noticias 24 h o para sentirme más acompañado: las moscas, pienso, no acompañan, molestan.  Algunas personas, pienso, también. La televisión, decididamente, aburre.
     Mi relajación duró lo que tardó en recorrer el salón un ser pardo y veloz. Observé su carrera sin estupor ni sobresalto; casi diría que lo esperaba. No tardé en asimilar que se trataba de la llamada “araña del rincón”. Esta infame especie es subrayada en las guías turísticas de Chile en la sección de enfermedades y otros. Para visitar Chile no se requieren vacunas ni aprenderse grandes advertencias, salvo dos: los terremotos y la peligrosidad de la Loxosceles laeta (debería añadir los tsunamis en las zonas de costa, pero no quiero parecer catastrofista). La araña en cuestión es conocida por estar presente en muchos hogares y por su poderoso veneno. De hábitos nocturnos y huidizos, es recomendable no toparse con ella accidentalmente, pues si se siente amenazada ataca inoculando una sustancia diez veces más corrosiva que el ácido sulfúrico. Por cierto, estas magnitudes de referencia son de lo más arbitrarias, pues ¿cómo es de corrosivo el ácido sulfúrico para un profano de la química? Proceda o no esta reflexión, valga la referencia para, como mínimo, impresionar al lector.
     El caso, y sigo con mi araña particular, es que el insecto recorrió el salón y se ocultó bajó el sofá. No dudé en plantar cara al problema de ocho patas y decidí separar dicho mueble de la pared. Nada. Entre la pared y el sofá no había rastro de vida. Tampoco, por cierto, de suciedad acumulada, cosa que en su momento no me sorprendió y que ahora me parece excepcional vistos los resultados, concretamente en el lavabo y de forma genérica en todo el apartamento, de la brigada de limpieza que cada día, eso dicen, toma mi apartamento. Sigo: sacudí las cortinas que visten la balconera y nada, ni rastro. El sujeto debía de estar, tal vez, en la base del sofá, bien agarrado como un diputado a su escaño.
     Me encendí un cigarrillo y esperé paciente. Uno. Después otro. El calor empezaba a acuciar y aún no me había duchado tras una calurosa jornada. Ni tampoco cenado pues, olvidé mencionarlo, el arácnido hizo su aparición justo cuando meditaba si era más oportuno cenarme los espaguetis sobrantes de días atrás o prepararme un bocadillo de jamón cocido de días presentes.
     Mientras me disponía a fumar mi tercer cigarrillo y entre el brillo de la lumbre que encendería mi pitillo, apareció repentinamente para cruzar de nuevo el salón y ocultarse bajo el mueble del televisor. Reaccioné levantándome repentinamente, como un depredador queriendo sorprender a su presa. Pero no era el caso, pues ahora se me antoja que el depredador era ella y yo el asustado cervatillo. La cuestión es que su velocidad era mucha y mi capacidad de reacción poca, por lo que, como ya dije, volvió a esconderse sin que yo pudiera interceptarla.
     Sacudí las cortinas que están tras el televisor, separé el mueble con ruedas que la soporta, miré detrás del aparato y por sus recovecos, golpeé con mi zapatilla el mueble. Abrí sus portezuelas, volví a sacudir las cortinas y nada. Otra vez esquiva, oculta y amenazante se encontraba la araña (parece un guiño a las canciones infantiles, pero no, me salió así). Hastiado, acalorado y agotado, me senté de nuevo sin dejar de mirar la zona que la ocultaba. Encendí un nuevo cigarrillo que fumé nerviosamente, casi con rabia.
     No podía entender que un insecto de respetable tamaño podía ser tan tenaz en su ocultación. Sin duda, la madre Naturaleza lo había adiestrado para no dejar su escondrijo bajo ningún concepto, pues la lección de la supervivencia dictaba que era más eficiente permanecer protegido en un rincón que aventurarse al espacio abierto.
     Perplejo y derrotado relativicé, al fin, la amenaza que me acechaba y estimé que, sólo en peso, la superaba en millones de gramos. Aunque, reconocerlo debo, mi inteligencia, también superior en millones de neuronas, no había sido capaz de darle caza.
     Me desvestí cauteloso en el lavabo y me duché. Esta vez dejé mis gafas cerca (que no “de cerca”, pues las que calzo son para verlo todo: de cerca y de lejos), por si requería definir alguna sombra sospechosa y, sobre todo, para asegurarme que al salir de la bañera no estuviera esperándome.
     Mejorado por la ducha, relativicé más el asunto y decidí que lo mejor era acostarme. Me dije que las arañas no atacan a los humanos por diversión y que no tenía de qué preocuparme. De hecho, la tenía localizada y lo bastante distante como para suponer que alcanzaría mi cama en su trajinar nocturno. Desestimé cerrar la puerta pues, además del calor que hacía, resultaba inútil al haber mucho margen entre el suelo y la puerta, señal de una fabricación barata y en serie de los cerramientos de carpintería de aquel apartamento.
     Descansaría y por la mañana daría parte a la recepcionista del nuevo inquilino para que, bien armada con un insecticida, la señora de la limpieza fumigara todo el piso y acabara con aquella amenaza.
     Ya a oscuras, acostado y parcialmente tapado con una ligera sábana, no podía dejar de pensar en aquel bicho. La suave y casi imperceptible brisa que se colaba por la ventana de mi habitación, era suficiente para sobresaltarme al sentir el ligero vaivén de un cabello sobre mi rostro o del bello sobre mi brazo. A cada sensación un palmetazo y un salto. Insufrible. Agotador.
     Perturbado e insomne decidí levantarme para fumar el enésimo cigarrillo y, de paso, examinar, de nuevo, el campo de batalla abandonado apenas dos horas antes. Me incorporé y sacudí mis zapatillas antes de ponérmelas, alcancé el interruptor de la luz y me levanté. Y allí estaba: en el umbral de la puerta, asomando ligeramente sus patitas sobre el blanco marco de la puerta de mi habitación; a un metro escaso de mi almohada. Acechando a su víctima.
     Salivando profusamente, cargado de valor, me agaché para armarme con mi zapatilla y sin interrumpir el gesto que dibujaba mi brazo, descargué secamente la suela sobre el monstruo.


Advertencia post traumática: este relato es rigurosamente verídico.