Para practicarla nos basta con tomar conciencia de nuestros actos. Saber
por qué actuamos así y no de otra
manera. Reconocer el origen de nuestras conductas más comunes, de nuestras
ideas –a priori- más profundas. Actuar condicionados pero ser conscientes de ello.
Ser prisioneros y reconocerlo. Ser dueños, en definitiva, de nosotros mismos.
No hay más cárcel que nuestra conciencia.
Si existe alguna definición de amor, sería tan íntima y personal, que
probablemente abortara cualquier intento de definirlo. Pero... precisamente. No
es la definición lo que nos interesa, sino el ejercicio de éste.
Para practicarlo nos basta con... dar. Es la entrega vestida de silencio
y manos vacías. Es la sublime victoria a la supervivencia: al destino. Es la
abstracción humana más colosal. La torre más alta del sueño del mono.
Pero sólo puede dar aquel que es.
Que existe con plena consciencia.
Sólo la libertad nos puede llevar al ejercicio auténtico del amor.