martes, 8 de mayo de 2012

El enterrador

     Llegar tarde a trabajar suele estar mal visto y más si se es enterrador.
Desde que entré en este negocio que no soy el mismo. Es un constante sinvivir el tener que meterse estos madrugones para llegar a tu puesto de trabajo y encontrarte a un muerto acompañado de una comitiva plañidera y descompuesta.
     A menudo me planteo el cambiar de oficio, pero la cosa está bastante mal y la verdad es que aquí me pagan bien. De hecho cobro por difunto, lo que no está nada mal pues en un buen día puedo dar salida a cuatro: dos por la mañana y dos por la tarde.
     El caso es que aquella mañana llegué tarde y me encontré con el séquito entre indignado y perplejo. Supongo que nadie prevé que el enterrador pueda llegar tarde a su cita, cosa que me parece injusta pues no dejamos de ser unos empleados como cualquier otro. Imagino que el director de la General Motors llegará tarde alguna vez. Digo yo.
     Total, que se me acercó el que parecía ser el portavoz del muerto para pedirme explicaciones. Que si cómo es posible que haya perpetrado semejante acto de irresponsabilidad, me decía. Pues mire usted, le espeté, he pasado una mala noche por culpa de la acidez de estómago. El niño, que me lió y acabamos cenando en un McDonald’s. Pero no se preocupe, en un santiamén lo entierro y podrán irse a sus casas. No pareció muy convencido de mis excusas y se alejó farfullando. Será, pensé, porque nunca habrá comido en un McDonald’s.
     Me puse manos a la obra y al tiempo descubrí que me había dejado olvidada la caja de herramientas. Con tantas prisas y estreses, es normal que acabe olvidando algo tan elemental para mi trabajo como son las herramientas. Me acerqué al portavoz del cortejo y le comenté discretamente la situación. El rostro del hombre se tiñó de un color rojo ascendente que me pareció propio de hipertensos y cuando le iba a advertir de los peligros de su disfunción, me cogió por la pechera y entre salivazos y gorgoteos me soltó que fuera cagando hostias a buscar las putas herramientas. La verdad es que estas situaciones no están incluidas en mi sueldo. Resulta que uno tiene que hacer las cosas deprisa y corriendo y encima ha de ser capaz de concentrarse en su trabajo bajo amenazas y escupitajos.
     De vuelta con mi lustrosa caja de herramientas y con la mirada censuradora del portavoz, me elevé con la plataforma eléctrica hasta el nicho contratado. Saqué la piqueta de la caja e hice palanca para extraer la lápida que, por lo menos, llevaba cien años fijada allí. Como las desgracias no llegan solas, se me escapó la herramienta con tan mala fortuna que atinó en la cabeza de la mujer del portavoz, vínculo que deduje al oír al susodicho dirigirse a la dama con un “cariño, ¿estás bien?”. Esperé prudentemente a que controlaran la hemorragia que brotaba de su cabeza para interesarme por su estado y solicitar mi piqueta, pues sin ella no podía continuar con mi misión.
     Con la cara húmeda de salivazos del portavoz, retomé mi trabajo con mayor tesón, hasta que logré desprender la centenaria lápida de su marco. Observé que la comitiva se había distanciado considerablemente, lo que interpreté como un deseo de tener una visión panorámica del noble trabajo de sepulturero.
     Animado por representar a tan selecto gremio, descendí sonriente para que mi compañero, el transportista, me ayudara a colocar en la plataforma el ataúd del finado. Una vez asegurada la caja, activé el mando para elevar al alma a su postrero hogar. La desdicha se cernió sobre mí, de nuevo, pero esta vez en forma de ataúd cayéndose al vacío. El panorama era de lo más dantesco: gente gritando, gente por los suelos y el portavoz hipertenso salivando profusamente. Y qué decir del muerto, que quedó recostado entre el terreno y una lápida del nivel inferior, adoptando un aspecto de mendigo trajeado que era una pena verlo.
     Mi compañero, el transportista, se apresuró a rescatar al muerto cogiéndolo por los pies a lo que yo respondí asiéndolo por las axilas. La cara desencajada de mi compañero no me daba pistas sobre qué dirección tomar, por lo que estuvimos un buen rato tirando del cadáver en sentidos opuestos. Con el caos en forma de gritos y lamentos a mis espaldas, decidí hacerme cargo de la situación y di instrucciones precisas para que mi compañero me siguiera en mis movimientos.
     Una vez colocamos al muerto de nuevo en su lugar, eso sí, con la cabeza donde deberían estar los pies y con aquella mirando hacia el fondo de la caja, nos apresuramos en reponer la tapa en su sitio. La cosa no quedó muy católica, pero dada la situación considero que sorteamos la incidencia con bastante elegancia.
     No quise darme la vuelta y mirar al cortejo, pues seguro que en sus rostros no encontraría la templanza que estaba necesitando con urgencia. Hice de tripas corazón y con la ayuda de mi compañero, que justo terminaba de vomitar sobre el féretro, nos dispusimos a elevar la caja y terminar con nuestro penoso trabajo.
     El resto fue pura artesanía. Deslizamos el ataúd hasta el fondo del nicho y me apresuré a colocar la nueva lápida. Un buen sellado a base de argamasa y el trabajo quedó finiquitado.
     Bajé del elevador para expresar el pésame a la familia y dar por terminada mi labor. El portavoz, con la corbata desanudada y los pelos como escarpias, me hizo señas apuntando al nicho, a lo que reaccioné girándome para buscar el destino al que apuntaba su afilado dedo: la lápida estaba al revés. Fastidiado y confuso, retomé la plataforma eléctrica para volver a alzarme sobre las cabezas de los asistentes y rectificar mi error. El resultado final nada tenía que envidiar al primer intento salvo, claro está, en que esta vez el mármol quedó del derecho.


     Ya en casa, con el niño acostado y mi mujer viendo la tele, recibí una llamada de mi superior. Creí entender, pues gritaba como un energúmeno, que estaba despedido y que había enterrado a un muerto en un nicho que no le correspondía. O algo así.