lunes, 28 de enero de 2013

La ventana

     Finalizaron, al fin, la plaza que veo desde mi ventana. Las obras se iniciaron hace seis años con el derribo de la antigua, dejando un solar de tierra ligera y clara. Instalaron una moderna caseta acristalada y vallaron el perímetro. Trajeron máquinas y hombres y colocaron los letreros preceptivos indicando la prohibición de acceder al recinto si el que pretendía hacerlo era ajeno a la obra. Y así quedó la plaza, ajena a los vecinos, al barrio, a la gente. Finalmente, también, ajena a la constructora que contrató los trabajos, pues la incipiente crisis se la llevó por delante.
     Pasaron los meses y los cristales de la caseta y de mi ventana  se volvieron mates, la tierra albergó malas hierbas y alimañas, insectos, latas y condones. Los meses sumaron doce y se transformaron en año y la perplejidad del vecindario se convirtió en indignación. Los bares colindantes perdieron clientela y los supermercados cercanos redujeron el porcentaje de pérdidas por hurtos. Los balcones se vistieron de gritos sobre sábanas blancas donde se leía “queremos la plaza ya” y “váyase señor alcalde”.
     Dos años después volvieron las máquinas y los hombres y retomaron las obras. Puesto que el proyecto incluía un aparcamiento subterráneo, iniciaron los trabajos excavando y removiendo tierras, hasta que un mal día apareció un refugio antiaéreo de la Guerra Civil. Detuvieron todos los tajos y un equipo de especialistas del Ayuntamiento se dedicó a recorrer los angostos pasadizos que serpenteaban bajo tierra, encontrando aquí y allá accesos a la superficie. Delante de mi ventana, coincidiendo con la salida del edificio, se localizó uno. Durante un tiempo, cada vez que salía a la calle, tuve sensaciones visionarias que reproducían las escenas de pánico que se debieron vivir tiempo atrás. Y oía el retumbar de los aviones sobre mi cabeza.
     Un año más tarde, y una vez se resolvió volver a enterrar el refugio dado el poco interés histórico del hallazgo, se retomaron, de nuevo, las tareas de movimiento de tierras que habían quedado interrumpidas. Volvieron las máquinas y los hombres y terminaron su cometido: un fabuloso hoyo se imponía allí donde antes hubo un solar de tierra ligera y clara.
     Pero la maldición se ensañó de nuevo con la plaza: el  Ayuntamiento decidió detener  las obras, declarándose en suspensión de pagos temporal a causa de la crisis. Los balcones renovaron sus pancartas a base de jabón, pues el tiempo había ennegrecido los gritos de “queremos la plaza ya” y “váyase señor alcalde”, a pesar de que el edil ya no era el mismo, si no otro. Los bares cercanos traspasaron sus negocios a familias orientales y los supermercados de la zona dejaron de contratar a personal de seguridad.
     Pasó otro año y, gracias al empeño de un concejal de distrito que resolvió terminar aquella obra como fuera, volvieron las máquinas y los hombres. Y lo logró: dos años más tarde la plaza estaba concluida. Los vecinos recogieron los harapos que antaño habían sido gritos y tomaron el nuevo espacio con júbilo y emoción. Los niños correteaban por su aún blanquecina superficie de losa, mientras los ancianos criticaban animosamente la incomodidad de los bancos donde reposaban sus óseas posaderas.