lunes, 30 de abril de 2012

Café con leche

     Pues me estaba tomando un café con leche, el de la mañana, que es lo primero que hago, eso sí, después de encender un cigarrillo, cuando me sentí indispuesto –si es que alguna disposición se me suponía- y decidí plegar velas y volver, sugestiva idea para un lunes, temporalmente a la cama.
     El caso es que la indisposición –malestar, digámoslo bien- empezaba en la boca del estómago y acababa en el pecho, sin que ello, ahora que lo pienso, me hubiera impedido, en su momento, inhalar con intensidad el humo del cigarrillo que ahora agonizaba en el cenicero que, por otro lado y debo confesar, siempre está lleno de colillas. Las cortinas se resienten de ello, la ropa, las paredes, el gato (¿Los gatos pueden ser fumadores pasivos?).
     Y de eso me he muerto, de un mal que empezaba en la boca del estómago y acababa en el pecho. Parece tonto pero no lo es: por ahí andan el corazón y órganos vitales para la vida, valga la redundancia.
     Por tanto, y es lo que os quería decir, hoy no podré quedar contigo para cenar, ni contigo para hablar por el Messenger, ni contigo tampoco, que nunca quedábamos y siempre queríamos quedar. Tampoco, seguramente, podré, perdonen los lectores, escribir el libro que nunca empecé o, mejor, que siempre empecé y nunca terminé. Ni viajar a la India a ver indios y compadecerme de ellos, pobres, hay tanta miseria y yo no paro de tirar comida estropeada de la nevera. Ni pintar cuadros que signifiquen algo, ni pronunciar palabras que lleguen al alma, ni recordar tu cumpleaños ni el de nadie, que el mío me lo sé porque lo llevo apuntado en el DNI. Supongo que tampoco podré dejar de fumar, ni fumar todos los puros habanos del mundo –de Cuba, vaya- con lo que me gustan. Ni disculparme uno a uno de todos y cada uno de vosotros, no por nada, tal vez por todo, tal vez por si acaso. 
     La cuestión, pienso, es irse con fundamento, sabiendo lo que hace uno y no morirse de un mal que empezaba en la boca del estómago y acababa en el pecho, que a saber que será, porque el que lo dictamine no me lo dirá y si lo hace, hablará solo. Porque los muertos no son nadie. De hecho pasan, en el mejor de los casos, a ser algo.


Un beso inmenso a todos.