Pues me estaba tomando un café con leche,
el de la mañana, que es lo primero que hago, eso sí, después de encender un
cigarrillo, cuando me sentí indispuesto –si es que alguna disposición se me
suponía- y decidí plegar velas y volver, sugestiva idea para un lunes,
temporalmente a la cama.
El caso es que la indisposición –malestar, digámoslo bien- empezaba en
la boca del estómago y acababa en el pecho, sin que ello, ahora que lo pienso,
me hubiera impedido, en su momento, inhalar con intensidad el humo del
cigarrillo que ahora agonizaba en el cenicero que, por otro lado y debo
confesar, siempre está lleno de colillas. Las cortinas se resienten de ello, la
ropa, las paredes, el gato (¿Los gatos pueden ser fumadores pasivos?).
Y de eso me he muerto, de un mal que
empezaba en la boca del estómago y acababa en el pecho. Parece tonto pero no lo
es: por ahí andan el corazón y órganos vitales para la vida, valga la
redundancia.
Por tanto, y es lo que os quería decir,
hoy no podré quedar contigo para cenar, ni contigo para hablar por el Messenger,
ni contigo tampoco, que nunca quedábamos y siempre queríamos quedar. Tampoco,
seguramente, podré, perdonen los lectores, escribir el libro que nunca empecé
o, mejor, que siempre empecé y nunca terminé. Ni viajar a la India a ver indios
y compadecerme de ellos, pobres, hay tanta miseria y yo no paro de tirar comida
estropeada de la nevera. Ni pintar cuadros que signifiquen algo, ni pronunciar
palabras que lleguen al alma, ni recordar tu cumpleaños ni el de nadie, que el
mío me lo sé porque lo llevo apuntado en el DNI. Supongo que tampoco podré
dejar de fumar, ni fumar todos los puros habanos del mundo –de Cuba, vaya- con
lo que me gustan. Ni disculparme uno a uno de todos y cada uno de vosotros, no
por nada, tal vez por todo, tal vez por si acaso.
La cuestión, pienso, es irse con
fundamento, sabiendo lo que hace uno y no morirse de un mal que empezaba en la
boca del estómago y acababa en el pecho, que a saber que será, porque el que lo
dictamine no me lo dirá y si lo hace, hablará solo. Porque los muertos no son
nadie. De hecho pasan, en el mejor de los casos, a ser algo.
Un beso inmenso a todos.
Por si algún día, me empieza un dolor en la boca del estómago y acaba en el pecho, quiero decirte, quiero deciros, que no podré quedar contigo, quedar con vosotros, pues será el día en que ya no esté.
ResponderEliminarUn triste texto, que me remueve el alma. E.R.