“(…) Desde que la pasada primavera se pusiera a la venta el nuevo modelo de androide NAOX-SEX06, que las costumbres íntimas de nuestros conciudadanos han cambiado. Eso es lo que se desprende de la encuesta realizada por el gabinete de Salud Pública y los resultados no pueden ser más concluyentes: el 90% de la ciudadanía ya no tiene relaciones íntimas con otros humanos. (…)”
- Mira NAOX, hablan de ti en las noticias. Estaba visto que tenías que ser un éxito. Al menos eso intuía yo de la versión masculina: con su batería de larga duración, su pene intercambiable y su lengua “textigelitoide”, como decía el estirado comercial el día que te compré. El único engorro que encuentro es que tu depósito de agua es pequeño y tengo que rellenarlo a diario... O tal vez sea que abuso de tu lengua y tanta hidratación consume mucho… No sé… ¡pero estoy encantada contigo!
Todas las mañanas, Ester, antes de salir de casa para dirigirse al centro de trabajo, cargaba a su NAOX en la toma de corriente que tenía en el vestidor. Lo dejaba sentado, con sus ojos claros y vidriosos mirando al infinito, pero con esa calidez casi humana que le iba aportando el contacto diario. “Cuanto más lo use, más lo humanizará”, decía el eslogan el día de su lanzamiento comercial.
- Pues sí, mamá, ya ando por casa. Si conectaras la cam lo sabrías, tozuda.
- (…)
- Sí, cenaré algo y me acostaré pronto. Estoy muerta.
- (…)
- Vale. Recuérdale a papá que este sábado necesito que me ayude… Sí… dile eso y ya está…
- Pues sí, mamá, ya ando por casa. Si conectaras la cam lo sabrías, tozuda.
- (…)
- Sí, cenaré algo y me acostaré pronto. Estoy muerta.
- (…)
- Vale. Recuérdale a papá que este sábado necesito que me ayude… Sí… dile eso y ya está…
- (…)
- Venga, un beso a los dos. Hasta mañana.
- Venga, un beso a los dos. Hasta mañana.
Ester salió desnuda del lavabo y se dirigió ligera al vestidor. Desenchufó la batería de su androide y pulsó el botón de encendido. Abrió las sábanas de la cama y se acostó, entre expectante y excitada.
El ingenio con forma humana se incorporó y después de localizar a Ester, se acercó lentamente a la cama. Ester pensó si no sería preferible cambiar la selección del programa y dejar que la función “aleatorio” la sorprendiera. Desestimó la idea pues la cabeza del androide ya estaba entre sus piernas. Las abrió tanto como pudo y observó como una lengua de “largo extra”, viscosa y húmeda, se acercaba a su sexo.
Cerró los ojos para disfrutar de las caricias lascivas de aquel apéndice incansable, mientras notaba cómo ascendían las manos fuertes pero suaves del androide hasta alcanzar sus grandes senos. Le gustaba la potencia con que apretaba sus pechos, se sentía como si un gigante la estuviera ordeñando y eso la excitaba. Mientras, la lengua de su amante ya estaba en la labor de penetrarla profunda y rítmicamente.
Llegado a un punto calculadísimo de clímax detectado por sofisticados sensores, el humanoide la elevaba con sus poderosos brazos hidráulicos, mientras introducía al unísono su lengua en la cavidad anal de Ester. Ingrávida y poseída, Ester empezaba a tener las primeras convulsiones orgásmicas, curvando la espalda y asiéndose fuertemente al cabello de su amante.
Los fluidos de Ester impregnaban el rostro perfecto del androide, dándole un aspecto artificial que le recordaba que después del amor no habría ni cumplidos ni conversaciones banales.
Ester se dio la vuelta y le mostró a su amante todo el esplendor de sus nalgas exigentes. Él no tardó en reaccionar e introdujo su pene con protuberancias anatómicas en su ano, primero a golpes secos y medidos, para que una vez alcanzada la penetración de seguridad, se empleara en ejecutar un vaivén de movimientos rítmicos de aceleración paulatina.
Con un gesto hábil, Ester se introdujo el pene en su sexo, lo que provocó un nuevo recálculo de datos que la dejó, entre fastidiada y ansiosa, expectante durante unos instantes. El robot retomó el calculado vaivén que tanto le gustaba para que, a los pocos segundos, sintiera venir la felicidad en forma de orgasmo.
Un grito ahogado se liberó de su garganta a la vez que se desplomaba sobre el colchón, retorciéndose ante la mirada indiferente de su amante mecánico.
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