Llegar tarde a trabajar suele estar mal visto y más si se es
enterrador.
Desde que entré en este negocio que no soy el mismo. Es un constante
sinvivir el tener que meterse estos madrugones para llegar a tu puesto de
trabajo y encontrarte a un muerto acompañado de una comitiva
plañidera y descompuesta.
A menudo me planteo el cambiar de oficio, pero la cosa está bastante mal y la verdad es que aquí me pagan bien. De hecho cobro por difunto, lo que no está nada mal pues en un buen día puedo dar salida a cuatro: dos por la mañana y dos por la tarde.
A menudo me planteo el cambiar de oficio, pero la cosa está bastante mal y la verdad es que aquí me pagan bien. De hecho cobro por difunto, lo que no está nada mal pues en un buen día puedo dar salida a cuatro: dos por la mañana y dos por la tarde.
El caso es que aquella mañana llegué tarde y me encontré con el
séquito entre indignado y perplejo. Supongo que nadie prevé que el enterrador
pueda llegar tarde a su cita, cosa que me parece injusta pues no dejamos de ser
unos empleados como cualquier otro. Imagino que el director de la General Motors
llegará tarde alguna vez. Digo yo.
Total, que se me acercó el que parecía ser el portavoz del muerto para pedirme explicaciones. Que si cómo es posible que haya perpetrado semejante acto de irresponsabilidad, me decía. Pues mire usted, le espeté, he pasado una mala noche por culpa de la acidez de estómago. El niño, que me lió y acabamos cenando en un McDonald’s. Pero no se preocupe, en un santiamén lo entierro y podrán irse a sus casas. No pareció muy convencido de mis excusas y se alejó farfullando. Será, pensé, porque nunca habrá comido en un McDonald’s.
Total, que se me acercó el que parecía ser el portavoz del muerto para pedirme explicaciones. Que si cómo es posible que haya perpetrado semejante acto de irresponsabilidad, me decía. Pues mire usted, le espeté, he pasado una mala noche por culpa de la acidez de estómago. El niño, que me lió y acabamos cenando en un McDonald’s. Pero no se preocupe, en un santiamén lo entierro y podrán irse a sus casas. No pareció muy convencido de mis excusas y se alejó farfullando. Será, pensé, porque nunca habrá comido en un McDonald’s.
Me puse manos a la obra y al tiempo descubrí que me había dejado
olvidada la caja de herramientas. Con tantas prisas y estreses, es normal que
acabe olvidando algo tan elemental para mi trabajo como son las herramientas.
Me acerqué al portavoz del cortejo y le comenté discretamente la situación. El
rostro del hombre se tiñó de un color rojo ascendente que me pareció propio de
hipertensos y cuando le iba a advertir de los peligros de su disfunción, me
cogió por la pechera y entre salivazos y gorgoteos me soltó que fuera cagando
hostias a buscar las putas herramientas. La verdad es que estas situaciones no
están incluidas en mi sueldo. Resulta que uno tiene que hacer las cosas deprisa
y corriendo y encima ha de ser capaz de concentrarse en su trabajo bajo
amenazas y escupitajos.
De vuelta con mi lustrosa caja de herramientas y con la mirada
censuradora del portavoz, me elevé con la plataforma eléctrica hasta el nicho
contratado. Saqué la piqueta de la caja e hice palanca para extraer la lápida
que, por lo menos, llevaba cien años fijada allí. Como las desgracias no llegan
solas, se me escapó la herramienta con tan mala fortuna que atinó en la cabeza
de la mujer del portavoz, vínculo que deduje al oír al susodicho dirigirse a la
dama con un “cariño, ¿estás bien?”. Esperé prudentemente a que controlaran la
hemorragia que brotaba de su cabeza para interesarme por su estado y solicitar
mi piqueta, pues sin ella no podía continuar con mi misión.
Con la cara húmeda de salivazos del portavoz, retomé mi trabajo con
mayor tesón, hasta que logré desprender la centenaria lápida de su marco.
Observé que la comitiva se había distanciado considerablemente, lo que
interpreté como un deseo de tener una visión panorámica del noble trabajo de
sepulturero.
Animado por representar a tan selecto gremio, descendí sonriente para
que mi compañero, el transportista, me ayudara a colocar en la plataforma el
ataúd del finado. Una vez asegurada la caja, activé el mando para elevar al
alma a su postrero hogar. La desdicha se cernió sobre mí, de nuevo, pero esta
vez en forma de ataúd cayéndose al vacío. El panorama era de lo más dantesco: gente gritando, gente por los suelos y el portavoz hipertenso salivando
profusamente. Y qué decir del muerto, que quedó recostado entre el terreno y
una lápida del nivel inferior, adoptando un aspecto de mendigo trajeado que era
una pena verlo.
Mi compañero, el transportista, se apresuró a rescatar al muerto cogiéndolo
por los pies a lo que yo respondí asiéndolo por las axilas. La cara desencajada
de mi compañero no me daba pistas sobre qué dirección tomar, por lo que
estuvimos un buen rato tirando del cadáver en sentidos opuestos. Con el caos en
forma de gritos y lamentos a mis espaldas, decidí hacerme cargo de la situación
y di instrucciones precisas para que mi compañero me siguiera en mis
movimientos.
Una vez colocamos al muerto de nuevo en su lugar, eso sí, con la cabeza donde deberían estar los pies y con aquella mirando hacia el fondo de la caja, nos apresuramos en reponer la tapa en su sitio. La cosa no quedó muy católica, pero dada la situación considero que sorteamos la incidencia con bastante elegancia.
Una vez colocamos al muerto de nuevo en su lugar, eso sí, con la cabeza donde deberían estar los pies y con aquella mirando hacia el fondo de la caja, nos apresuramos en reponer la tapa en su sitio. La cosa no quedó muy católica, pero dada la situación considero que sorteamos la incidencia con bastante elegancia.
No quise darme la vuelta y mirar al cortejo, pues seguro que en sus
rostros no encontraría la templanza que estaba necesitando con urgencia. Hice
de tripas corazón y con la ayuda de mi compañero, que justo terminaba de
vomitar sobre el féretro, nos dispusimos a elevar la caja y terminar con
nuestro penoso trabajo.
El resto fue pura artesanía. Deslizamos el ataúd hasta el fondo del
nicho y me apresuré a colocar la nueva lápida. Un buen sellado a base de
argamasa y el trabajo quedó finiquitado.
Bajé del elevador para expresar el pésame a la familia y dar por terminada mi labor. El portavoz, con la corbata desanudada y los pelos como escarpias, me hizo señas apuntando al nicho, a lo que reaccioné girándome para buscar el destino al que apuntaba su afilado dedo: la lápida estaba al revés. Fastidiado y confuso, retomé la plataforma eléctrica para volver a alzarme sobre las cabezas de los asistentes y rectificar mi error. El resultado final nada tenía que envidiar al primer intento salvo, claro está, en que esta vez el mármol quedó del derecho.
Bajé del elevador para expresar el pésame a la familia y dar por terminada mi labor. El portavoz, con la corbata desanudada y los pelos como escarpias, me hizo señas apuntando al nicho, a lo que reaccioné girándome para buscar el destino al que apuntaba su afilado dedo: la lápida estaba al revés. Fastidiado y confuso, retomé la plataforma eléctrica para volver a alzarme sobre las cabezas de los asistentes y rectificar mi error. El resultado final nada tenía que envidiar al primer intento salvo, claro está, en que esta vez el mármol quedó del derecho.
Ya en casa, con el niño acostado y mi mujer viendo la tele, recibí una llamada de mi superior. Creí entender, pues gritaba como un energúmeno, que estaba despedido y que había enterrado a un muerto en un nicho que no le correspondía. O algo así.
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