En mi apartamento a las orillas
del Pacífico no corría la brisa habitual, la que se llevaba el calor almacenado
en mi pieza durante el día. Un bochorno que hacía el aire pesado y lo convertía
en partícipe invisible de la decoración.
Dos moscas y yo compartíamos el
silencio hasta que encendí el televisor para ver las noticias 24 h o para
sentirme más acompañado: las moscas, pienso, no acompañan, molestan. Algunas personas, pienso, también. La
televisión, decididamente, aburre.
Mi relajación duró lo que tardó
en recorrer el salón un ser pardo y veloz. Observé su carrera sin estupor ni
sobresalto; casi diría que lo esperaba. No tardé en asimilar que se trataba de
la llamada “araña del rincón”. Esta infame especie es subrayada en las guías
turísticas de Chile en la sección de enfermedades y otros. Para visitar Chile
no se requieren vacunas ni aprenderse grandes advertencias, salvo dos: los
terremotos y la peligrosidad de la Loxosceles laeta (debería añadir los tsunamis en las zonas de costa, pero no quiero
parecer catastrofista). La araña en cuestión es conocida por estar presente en
muchos hogares y por su poderoso veneno. De hábitos nocturnos y huidizos, es
recomendable no toparse con ella accidentalmente, pues si se siente amenazada ataca
inoculando una sustancia diez veces más corrosiva que el ácido sulfúrico. Por
cierto, estas magnitudes de referencia son de lo más arbitrarias, pues ¿cómo es
de corrosivo el ácido sulfúrico para un profano de la química? Proceda o no esta reflexión, valga la
referencia para, como mínimo, impresionar al lector.
El caso, y sigo con mi araña
particular, es que el insecto recorrió el salón y se ocultó bajó el sofá. No
dudé en plantar cara al problema de ocho patas y decidí separar dicho mueble de
la pared. Nada. Entre la pared y el sofá no había rastro de vida. Tampoco, por
cierto, de suciedad acumulada, cosa que en su momento no me sorprendió y que
ahora me parece excepcional vistos los resultados, concretamente en el lavabo y
de forma genérica en todo el apartamento, de la brigada de limpieza que cada
día, eso dicen, toma mi apartamento. Sigo: sacudí las cortinas que visten la
balconera y nada, ni rastro. El sujeto debía de estar, tal vez, en la base del
sofá, bien agarrado como un diputado a su escaño.
Me encendí un cigarrillo y esperé
paciente. Uno. Después otro. El calor empezaba a acuciar y aún no me había
duchado tras una calurosa jornada. Ni tampoco cenado pues, olvidé mencionarlo, el
arácnido hizo su aparición justo cuando meditaba si era más oportuno cenarme
los espaguetis sobrantes de días atrás o prepararme un bocadillo de jamón
cocido de días presentes.
Mientras me disponía a fumar mi
tercer cigarrillo y entre el brillo de la lumbre que encendería mi pitillo,
apareció repentinamente para cruzar de nuevo el salón y ocultarse bajo el
mueble del televisor. Reaccioné levantándome repentinamente, como un depredador
queriendo sorprender a su presa. Pero no era el caso, pues ahora se me antoja
que el depredador era ella y yo el asustado cervatillo. La cuestión es que su
velocidad era mucha y mi capacidad de reacción poca, por lo que, como ya dije,
volvió a esconderse sin que yo pudiera interceptarla.
Sacudí las cortinas que están
tras el televisor, separé el mueble con ruedas que la soporta, miré detrás del
aparato y por sus recovecos, golpeé con mi zapatilla el mueble. Abrí sus
portezuelas, volví a sacudir las cortinas y nada. Otra vez esquiva, oculta y
amenazante se encontraba la araña (parece un guiño a las canciones infantiles,
pero no, me salió así). Hastiado, acalorado y agotado, me senté de nuevo sin
dejar de mirar la zona que la ocultaba. Encendí un nuevo cigarrillo que fumé
nerviosamente, casi con rabia.
No podía entender que un insecto
de respetable tamaño podía ser tan tenaz en su ocultación. Sin duda, la madre
Naturaleza lo había adiestrado para no dejar su escondrijo bajo ningún concepto,
pues la lección de la supervivencia dictaba que era más eficiente permanecer
protegido en un rincón que aventurarse al espacio abierto.
Perplejo y derrotado relativicé,
al fin, la amenaza que me acechaba y estimé que, sólo en peso, la superaba en
millones de gramos. Aunque, reconocerlo debo, mi inteligencia, también superior
en millones de neuronas, no había sido capaz de darle caza.
Me desvestí cauteloso en el
lavabo y me duché. Esta vez dejé mis gafas cerca (que no “de cerca”, pues las
que calzo son para verlo todo: de cerca y de lejos), por si requería definir
alguna sombra sospechosa y, sobre todo, para asegurarme que al salir de la
bañera no estuviera esperándome.
Mejorado por la ducha, relativicé
más el asunto y decidí que lo mejor era acostarme. Me dije que las arañas no
atacan a los humanos por diversión y que no tenía de qué preocuparme. De hecho,
la tenía localizada y lo bastante distante como para suponer que alcanzaría mi
cama en su trajinar nocturno. Desestimé cerrar la puerta pues, además del calor
que hacía, resultaba inútil al haber mucho margen entre el suelo y la puerta,
señal de una fabricación barata y en serie de los cerramientos de carpintería
de aquel apartamento.
Descansaría y por la mañana daría parte a la
recepcionista del nuevo inquilino para que, bien armada con un insecticida, la
señora de la limpieza fumigara todo el piso y acabara con aquella amenaza.
Ya a oscuras, acostado y
parcialmente tapado con una ligera sábana, no podía dejar de pensar en aquel
bicho. La suave y casi imperceptible brisa que se colaba por la ventana de mi habitación,
era suficiente para sobresaltarme al sentir el ligero vaivén de un cabello
sobre mi rostro o del bello sobre mi brazo. A cada sensación un palmetazo y un
salto. Insufrible. Agotador.
Perturbado e insomne decidí
levantarme para fumar el enésimo cigarrillo y, de paso, examinar, de nuevo, el
campo de batalla abandonado apenas dos horas antes. Me incorporé y sacudí mis
zapatillas antes de ponérmelas, alcancé el interruptor de la luz y me levanté.
Y allí estaba: en el umbral de la puerta, asomando ligeramente sus patitas
sobre el blanco marco de la puerta de mi habitación; a un metro escaso de mi
almohada. Acechando a su víctima.
Salivando profusamente, cargado
de valor, me agaché para armarme con mi zapatilla y sin interrumpir el gesto
que dibujaba mi brazo, descargué secamente la suela sobre el monstruo.
Advertencia post traumática: este relato es rigurosamente verídico.
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