Aquí los terremotos -temblores, les llaman, si son pequeños- son
de lo más habituales. Te los puedes
encontrar en la calle, en el baño, mientras sesteas, durante el almuerzo,
cuando conduces – aquí le llaman manejar-, en fin, en todas partes y en cualquier
momento.
Son trasparentes –no se ven- pero tienen
mucha presencia. Los notas desde los pies a la cabeza –siempre en ese sentido-
y te dejan paralizado. Suelen empezar con sigilo, modestia diría yo, y siempre
te sorprenden. Nadie es capaz de vaticinarlos: se manifiestan cuando les da la gana y se van del mismo
modo. A veces sólo atemorizan, pero otras lían la de dios es cristo.
A los que son pequeñitos –les llaman, como dije antes, temblores y no terremotos- ya no les hacen ni caso. A lo sumo, los registran en
un instituto donde se aburren mucho y no tienen nada mejor que hacer. A los
grandes, en cualquier caso, no haría ni falta registrarlos, pues la gente habla de ellos durante días
y, en casos extremos, salen por prensa y televisión.
De hecho, los más poderosos –ahora serían
terremotos- quedan para los anales de la
historia. Les ponen un número para cuantificar su mala leche y en función a eso
y a las cosas que derriban y a los seres vivos que se cargan, los recuerdan
durante años. Sirven, incluso, como referencia temporal: “eso fue antes del
sismo del 79” o cosas por el estilo. Lo de sismo es otro de los nombres que le
dan por aquí. Por allí les llamamos, para hacernos los listos, seísmos.
A veces provocan lo que llaman tsunamis –o
sea, maremotos con olas gigantes- que tienen la ventaja de apagar los fuegos que provocan los
mismos terremotos. La desventaja es que dejan los peces en tierra y a las
personas y a los perros en el mar. Es como un intercambio súbito y extraño. Al
final, todo queda como las paellas de mi abuela: de pollo y marisco. Muy
buenas, por cierto.
Los tsunamis son más previsibles, pues
sólo se dan después de un terremoto y nunca antes. Por eso, cuando el temblor
es grande –terremoto-, la gente mira al mar, para asegurarse de que la orilla
no retrocede más de lo normal. Si eso ocurre, ya pueden salir cagando leches,
pues la que se les viene encima es bien gorda. La ola, decía. De todos modos,
han ideado sistemas de alarma que avisa a la población y así puedan recoger la
casa y apagar la luz como dios manda.
La gente de aquí no vive asustada, pero sí
que está preparada por si el temblor es de los grandes –entonces le llamarían
terremoto, insisto-. Suelen hacerse con
una bolsa o mochila donde guardan víveres imperecederos –latas de conserva,
vaya-, agua y algunas cosas básicas que recomiendan los expertos: linterna,
pilas, encendedores, preservativos, móviles –celulares les llaman-, documentación, dinero –plata le llaman aquí y
al aquí le llaman acá, por cierto-, botiquín, etc. No sé muy bien para qué
querrán el dinero si las tiendas y negocios cierran todos, como si fuera
festivo –feriado le llaman aquí o acá-. Imagino, ahora que lo pienso, que para prever un tsunami deberán
añadir las gafas de submarinista y el tubito para respirar.
En definitiva, aquí se está bastante bien
si no fuera por los terremotos, temblores, sismos y seísmos. Lo mejor, lo tengo
claro, el pisco.
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