jueves, 31 de mayo de 2012

Pisco

           Aquí los terremotos  -temblores, les llaman, si son pequeños- son de lo más habituales.  Te los puedes encontrar en la calle, en el baño, mientras sesteas, durante el almuerzo, cuando conduces – aquí le llaman manejar-, en fin, en todas partes y en cualquier momento.
     Son trasparentes –no se ven- pero tienen mucha presencia. Los notas desde los pies a la cabeza –siempre en ese sentido- y te dejan paralizado. Suelen empezar con sigilo, modestia diría yo, y siempre te sorprenden. Nadie es capaz de vaticinarlos: se manifiestan cuando les da la gana y se van del mismo modo. A veces sólo atemorizan, pero otras lían la de dios es cristo.
     A los que son pequeñitos –les llaman, como dije antes, temblores y no terremotos- ya no les hacen ni caso. A lo sumo, los registran en un instituto donde se aburren mucho y no tienen nada mejor que hacer. A los grandes, en cualquier caso, no haría ni falta registrarlos, pues la gente habla de ellos durante días y, en casos extremos, salen por prensa y televisión.
     De hecho, los más poderosos –ahora serían terremotos-  quedan para los anales de la historia. Les ponen un número para cuantificar su mala leche y en función a eso y a las cosas que derriban y a los seres vivos que se cargan, los recuerdan durante años. Sirven, incluso, como referencia temporal: “eso fue antes del sismo del 79” o cosas por el estilo. Lo de sismo es otro de los nombres que le dan por aquí. Por allí les llamamos, para hacernos los listos, seísmos.
     A veces provocan lo que llaman tsunamis –o sea, maremotos con olas gigantes- que tienen la ventaja de apagar los fuegos que provocan los mismos terremotos. La desventaja es que dejan los peces en tierra y a las personas y a los perros en el mar. Es como un intercambio súbito y extraño. Al final, todo queda como las paellas de mi abuela: de pollo y marisco. Muy buenas, por cierto.
     Los tsunamis son más previsibles, pues sólo se dan después de un terremoto y nunca antes. Por eso, cuando el temblor es grande –terremoto-, la gente mira al mar, para asegurarse de que la orilla no retrocede más de lo normal. Si eso ocurre, ya pueden salir cagando leches, pues la que se les viene encima es bien gorda. La ola, decía. De todos modos, han ideado sistemas de alarma que avisa a la población y así puedan recoger la casa y apagar la luz como dios manda.
     La gente de aquí no vive asustada, pero sí que está preparada por si el temblor es de los grandes –entonces le llamarían terremoto, insisto-.  Suelen hacerse con una bolsa o mochila donde guardan víveres imperecederos –latas de conserva, vaya-, agua y algunas cosas básicas que recomiendan los expertos: linterna, pilas, encendedores, preservativos, móviles –celulares les llaman-,  documentación, dinero –plata le llaman aquí y al aquí le llaman acá, por cierto-, botiquín, etc. No sé muy bien para qué querrán el dinero si las tiendas y negocios cierran todos, como si fuera festivo –feriado le llaman aquí o acá-. Imagino, ahora que lo pienso, que para prever un tsunami deberán añadir las gafas de submarinista y el tubito para respirar.
     En definitiva, aquí se está bastante bien si no fuera por los terremotos, temblores, sismos y seísmos. Lo mejor, lo tengo claro, el pisco.

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