Los seres humanos se
escuchan a sí mismos en silencio, visualizan imágenes que sólo ven desde su
imaginación. Sueñan involuntariamente relatos sorprendentes. Sienten dolor ante
el desamor y rabia ante la injusticia. Se alegran ante la belleza y la bondad.
Pero por culpa de todo ello
creen que son especiales, cuando tan sólo son únicos e irrepetibles. La
naturaleza no replica nada a la perfección y lo que más se acerca a esa
exactitud, varía irremediablemente a causa del entorno. El ser humano es único
e irrepetible, pero las anémonas también lo son.
Pretender que una vida
sazonada con la visualización del “Gran Hermano”, de revistas de automóviles y
periódicos deportivos, de asistencias a eventos como la boda del Príncipe o la
Duquesa de Alba, de descargas de adrenalina al adquirir la última versión de la
Play o la emoción desatada ante el nacimiento de un hijo o la muerte de un ser
querido, pretender, decía, que una vida culminada con todos esos elementos
perdure en algún lugar en forma de alma o espíritu, es, como mínimo,
pretencioso.
Si por un momento
pensáramos que en el inabarcable –hasta hoy- Universo, el nacimiento y la
muerte se suceden sin fin, donde millones y millones de estrellas y planetas se
consumen, explotan, desaparecen, nacen o colisionan, si entendiéramos que el
auténtico milagro es este cisne negro en forma de vida (no necesariamente única
en el Universo), que el regalo y milagro más sublime es la existencia, entonces
y sólo entonces, entenderíamos que somos naturaleza hija de este cataclismo
fenomenal.
Somos naturaleza. Somos
materia y energía y todo lo que somos, volverá de allí de donde vino: el
Universo.
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