sábado, 9 de febrero de 2013

La chispa adecuada

Amar es dar. Dar algo que llevarás siempre contigo y no es un recuerdo. Si no algo que será parte de ti: que crecerá dentro y se expandirá. Que hará más y mejor lo que ya eras. Algo que ya no requerirá del que te amó, porque para ti será siempre el fruto de ese amor. Amar; regalar la chispa adecuada.

A Elia.

lunes, 28 de enero de 2013

La ventana

     Finalizaron, al fin, la plaza que veo desde mi ventana. Las obras se iniciaron hace seis años con el derribo de la antigua, dejando un solar de tierra ligera y clara. Instalaron una moderna caseta acristalada y vallaron el perímetro. Trajeron máquinas y hombres y colocaron los letreros preceptivos indicando la prohibición de acceder al recinto si el que pretendía hacerlo era ajeno a la obra. Y así quedó la plaza, ajena a los vecinos, al barrio, a la gente. Finalmente, también, ajena a la constructora que contrató los trabajos, pues la incipiente crisis se la llevó por delante.
     Pasaron los meses y los cristales de la caseta y de mi ventana  se volvieron mates, la tierra albergó malas hierbas y alimañas, insectos, latas y condones. Los meses sumaron doce y se transformaron en año y la perplejidad del vecindario se convirtió en indignación. Los bares colindantes perdieron clientela y los supermercados cercanos redujeron el porcentaje de pérdidas por hurtos. Los balcones se vistieron de gritos sobre sábanas blancas donde se leía “queremos la plaza ya” y “váyase señor alcalde”.
     Dos años después volvieron las máquinas y los hombres y retomaron las obras. Puesto que el proyecto incluía un aparcamiento subterráneo, iniciaron los trabajos excavando y removiendo tierras, hasta que un mal día apareció un refugio antiaéreo de la Guerra Civil. Detuvieron todos los tajos y un equipo de especialistas del Ayuntamiento se dedicó a recorrer los angostos pasadizos que serpenteaban bajo tierra, encontrando aquí y allá accesos a la superficie. Delante de mi ventana, coincidiendo con la salida del edificio, se localizó uno. Durante un tiempo, cada vez que salía a la calle, tuve sensaciones visionarias que reproducían las escenas de pánico que se debieron vivir tiempo atrás. Y oía el retumbar de los aviones sobre mi cabeza.
     Un año más tarde, y una vez se resolvió volver a enterrar el refugio dado el poco interés histórico del hallazgo, se retomaron, de nuevo, las tareas de movimiento de tierras que habían quedado interrumpidas. Volvieron las máquinas y los hombres y terminaron su cometido: un fabuloso hoyo se imponía allí donde antes hubo un solar de tierra ligera y clara.
     Pero la maldición se ensañó de nuevo con la plaza: el  Ayuntamiento decidió detener  las obras, declarándose en suspensión de pagos temporal a causa de la crisis. Los balcones renovaron sus pancartas a base de jabón, pues el tiempo había ennegrecido los gritos de “queremos la plaza ya” y “váyase señor alcalde”, a pesar de que el edil ya no era el mismo, si no otro. Los bares cercanos traspasaron sus negocios a familias orientales y los supermercados de la zona dejaron de contratar a personal de seguridad.
     Pasó otro año y, gracias al empeño de un concejal de distrito que resolvió terminar aquella obra como fuera, volvieron las máquinas y los hombres. Y lo logró: dos años más tarde la plaza estaba concluida. Los vecinos recogieron los harapos que antaño habían sido gritos y tomaron el nuevo espacio con júbilo y emoción. Los niños correteaban por su aún blanquecina superficie de losa, mientras los ancianos criticaban animosamente la incomodidad de los bancos donde reposaban sus óseas posaderas.


sábado, 15 de diciembre de 2012

Papel de fumar

     Desde mi jubilación que sólo pienso en salir de casa con cualquier pretexto para poder fumar unos cigarrillos y tomar una copa de coñac. Mi mujer no ve con buenos ojos mis vicios, después de más de cuarenta años practicándolos a su lado. Pero ahora estoy en una cárcel que lejos de aligerar mi condena por los años cumplidos, la endurece. A menudo pienso en lo bien que estaría solo: me levantaría tarde, me encendería un cigarrillo, tomaría mi café con leche con galletas, me fumaría otro cigarrillo, haría mis necesidades fumando un cigarrillo, me ducharía, me encendería otro cigarrillo, me vestiría y saldría a pasear por la calles y disfrutar del sol, del tabaco y de la mujeres guapas. Tal vez, para mantener la casa limpia y las camisas planchadas, debería contratar a una chica de hacer faenas. Me la imagino guapa, joven, exuberante y sudamericana. También me imagino que mi carácter de hombre maduro y sabio, sería suficiente como para tener un affaire con ella.
     Recuerdo que cuando era un adolescente tenía sensaciones parecidas –me refiero a la idea de libertad al vivir solo, no a la sudamericana-. En aquel tiempo eras mis padres los que ejercían de carceleros pero, todo y eso, rememoro con agrado aquellos tiempos. Era ilusionante salir a la calle con cuatro perras y fumar y beber a escondidas. Era, como mínimo, lo bastante estimulante como para salir a deambular por las calles, hiciera frío o calor, llevara o no calcetines o pudieran mis zapatos protegerme de las piedras del camino. También recuerdo lo agradable que era fumar aquellos cigarrillos de picadura mal liados y tomar aquel anís barato y fuerte. Nunca recuperé esos sabores intensos, a pesar de que a cada nuevo cigarrillo extraído de la cajetilla la promesa era esa. Que a cada nuevo trago, las perspectivas eran las sensaciones de entonces. Creo que me quedé con una promesa que se ha ido incumpliendo, poco a poco, a lo largo de los años. En cualquier caso, sigue levantándome cada mañana para salir a la calle. Para seguir viviendo.


jueves, 13 de diciembre de 2012

Mañana soledad

     Era un puente largo: cuatro días sin ir a trabajar. Haré cosas. Nada, en realidad no haré nada: trastearé entre mis cosas, redescubriré una carpeta de cartón azul y gomas de cierre antaño elásticas; hoy cordones ásperos y descoloridos.
     Liberaré al viento polvos y ácaros. Me emplearé en deslizar sus hojas delicadamente para, a cada gesto, sorprenderme con sus viejas manuscritas palabras.


miércoles, 12 de diciembre de 2012

Todos los días

     Nunca te eché de menos porque nunca esperé encontrarte mañana. Sabía, sé, que no hay más tiempo que el que vivimos ni más segundos que estos que se deslizan entre mis letras. No hay metas porque no hay horizontes; sólo un fin abrupto que deja todo por empezar.

A Alba.


viernes, 22 de junio de 2012

Sed

      La idea es clara. A veces, sin embargo, la debilidad nos condiciona. Cuando el espíritu esta falto de referencias donde sustentarse, cuando la necesidad de anclar en algo firme la levedad de la que estamos hechos se impone; es entonces cuando aún fuentes ajenas, incluso prohibidas, parecen aliviar nuestra sed más primitiva. Los códigos de conducta que sustentan nuestra vida social, aparentemente razonables -precisamente razonables-, nos ayudan a permanecer. Nos aíslan con la sensación de conservar el sentido del honor de nuestros ancestros, a la vez que aplicamos los más actuales mecanismos de la ética. Es necesario. Tal vez lo necesario sea permanecer, sobrevivir, colaborar en “construir un mundo mejor para nuestros hijos”; para que puedan existir lo más cómodamente posible sin tener que preguntarse por qué.
     Por eso, así, sedientos, vagarán -los menos- en busca de pozos que nunca existieron. El resto, posiblemente, ignorarán que su inquietud extraña no es más que... sed.

lunes, 4 de junio de 2012

Despertares

A veces me imagino despertando lentamente al alba, con las ventanas de mi habitación abiertas de par en par. Llevándose, la brisa, el aire denso del sueño con los vapores perfumados de la madrugada. Alcanzando, tenues, a mis oídos, los últimos acordes de los grillos cantores.

A veces me imagino despertando sobresaltado a altas horas de la madrugada, con el ventanuco de mi celda desencajada. Arrastrando, el viento, el aire pútrido de las pesadillas con los olores alérgicos de la mañana. Martilleando, machacones, a mis tímpanos, los últimos berridos de los grillos de los cojones.

Prefiero los ojos del poeta. Me voy a dormir.