Finalizaron, al fin, la plaza que
veo desde mi ventana. Las obras se iniciaron hace seis años con el derribo de
la antigua, dejando un solar de tierra ligera y clara. Instalaron una moderna caseta
acristalada y vallaron el perímetro. Trajeron máquinas y hombres y colocaron
los letreros preceptivos indicando la prohibición de acceder al recinto si el
que pretendía hacerlo era ajeno a la obra. Y así quedó la plaza, ajena a los
vecinos, al barrio, a la gente. Finalmente, también, ajena a la constructora
que contrató los trabajos, pues la incipiente crisis se la llevó por delante.
Pasaron los meses y los cristales
de la caseta y de mi ventana se
volvieron mates, la tierra albergó malas hierbas y alimañas, insectos, latas y
condones. Los meses sumaron doce y se transformaron en año y la perplejidad del
vecindario se convirtió en indignación. Los bares colindantes perdieron
clientela y los supermercados cercanos redujeron el porcentaje de pérdidas por hurtos.
Los balcones se vistieron de gritos sobre sábanas blancas donde se leía “queremos
la plaza ya” y “váyase señor alcalde”.
Dos años después volvieron las máquinas
y los hombres y retomaron las obras. Puesto que el proyecto incluía un aparcamiento
subterráneo, iniciaron los trabajos excavando y removiendo tierras, hasta que
un mal día apareció un refugio antiaéreo de la Guerra Civil. Detuvieron todos
los tajos y un equipo de especialistas del Ayuntamiento se dedicó a recorrer
los angostos pasadizos que serpenteaban bajo tierra, encontrando aquí y allá
accesos a la superficie. Delante de mi ventana, coincidiendo con la salida del
edificio, se localizó uno. Durante un tiempo, cada vez que salía a la calle,
tuve sensaciones visionarias que reproducían las escenas de pánico que se
debieron vivir tiempo atrás. Y oía el retumbar de los aviones sobre mi cabeza.
Un año más tarde, y una vez se
resolvió volver a enterrar el refugio dado el poco interés histórico del
hallazgo, se retomaron, de nuevo, las tareas de movimiento de tierras que
habían quedado interrumpidas. Volvieron las máquinas y los hombres y terminaron
su cometido: un fabuloso hoyo se imponía allí donde antes hubo un solar de
tierra ligera y clara.
Pero la maldición se ensañó de
nuevo con la plaza: el Ayuntamiento decidió
detener las obras, declarándose en suspensión
de pagos temporal a causa de la crisis. Los balcones renovaron sus pancartas a
base de jabón, pues el tiempo había ennegrecido los gritos de “queremos la
plaza ya” y “váyase señor alcalde”, a pesar de que el edil ya no era el mismo, si no otro. Los bares cercanos traspasaron sus negocios
a familias orientales y los supermercados de la zona dejaron de contratar a personal
de seguridad.
Pasó otro año y, gracias al
empeño de un concejal de distrito que resolvió terminar aquella obra como
fuera, volvieron las máquinas y los hombres. Y lo logró: dos años más tarde la
plaza estaba concluida. Los vecinos recogieron los harapos que antaño habían
sido gritos y tomaron el nuevo espacio con júbilo y emoción. Los niños
correteaban por su aún blanquecina superficie de losa, mientras los ancianos
criticaban animosamente la incomodidad de los bancos donde reposaban sus óseas posaderas.