- Y es así; me siento sucio y traidor.
- Juan, entiendo que acostarse con la mujer de tu mejor amigo no es algo que eleve el espíritu, pero tampoco es para tanto. Piensa en lo que te he dicho siempre: la libertad individual es un tesoro que debemos conservar y respetar. En este caso ella era dueña de su vida y sólo ella decidió por si misma.
- Ya, ya… Te lo he oído decir centenares de veces. Pero entiéndeme, en este caso hubo alguien que no era libre. Alguien que ignoraba lo que ocurría a su alrededor, lo que le estaba pasando a su pareja y, por añadidura, a su vida. Y todo eso sin tan sólo sospecharlo.
- Pues míralo así: la vida y la libertad sólo se ejercen individualmente. Creo que no es innoble el silencio piadoso que quiere evitar el dolor a terceros. Más aún, el querer evitar daño a los otros no debería ser motivo para no poder desarrollar nuestra facultad de decidir, actuar y, en definitiva, de ser libres.
- Di lo que quieras, me siento como me siento ¿Quieres otra copa?
- Sí, bebamos de este güisqui de importación que me regaló mi jefe por Navidad.
- En cualquier caso, y perdona que retome el tema, considero que el ser humano no debería dejarse llevar por sus instintos.
- Los instintos, los instintos… Lo instintos son y forman parte de nosotros. Tú sientes la llamada de la naturaleza pero eres tú, tu cerebro, el que decide qué hacer con todo eso.
- Pues la verdad, no estoy tan seguro de haber procesado esos instintos en mi mente. Creo que pensaba con la polla, sin más.
- Créeme, Juan, no hay nada que no procese tu cerebro. Pues, al final, el deseo no está en la polla si no en nuestra cabecita. En la parte más primitiva de nuestro cerebro, sí, pero en nuestra cabecita al fin y al cabo.
- Hablar contigo no es debatir, es acabar convencido de que las bajezas humanas, al final, son dignas. En fin, si terminas tú de fregar el suelo yo acabaré de empaquetar a tu mujer, que pronto amanecerá y no podremos deshacernos del cuerpo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario